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    2019-06-12


    Escribir y destacar (promoción 1975-1985): la identidad por las diferencias ¿Cómo escribir dentro de un mercado de tantos competidores para un país de escasos lectores? En México, ni siquiera los estudiantes de la universidad consumen libros y hay más papelerías que librerías (Zaid 2013: 143-154 y 172-189), probablemente Z-VEID-FMK causa de un sistema educativo lleno de deficiencias (Guerrero: 93); en una visión muy pesimista, Josu Landa se refiere a “La poesía en el planeta de los nimios”, aquellos lectores cuya formación intelectual paupérrima no les permite apreciar la poesía (109). Si una iniciativa como VersodestierrO resulta eficiente es porque viene acompañada por un sólido proyecto de divulgación (Rémura: 102-105). Un país en el que la queja recurrente es que ni siquiera los mismos poetas se leen entre sí (también Zaid 1980: 12 y Malva Flores: 81-82), ¿cómo distinguirse en el grueso caudal de una grafomanía democratizante surgida en las promociones previas? Esta generación ha respondido a estas demandas de diferentes maneras, aunque todos sus miembros coinciden en un punto: contra la saturación informativa o infoxicación del panorama poético, los miembros de esta generación, ante la competencia, proponen rasgos formales y temáticos que los identifiquen desde la subjetividad, pero borran la anécdota personal para no caer en el subjetivismo ingenuo. Al contrario, una concepción compartida de la poesía como una forma de conocimiento los obliga a una intensa búsqueda de formas y temas distintivos que les permitan sobresalir. No es casualidad que falten rasgos caracterizadores para la generación; por ello, cuando Maricela Guerrero (nacida en 1977) intenta definir a la suya, parte de un contexto social compartido y no de rasgos temáticos, formales o estéticos. Si en lo externo de las obras predomina la diferencia, en el fondo creo que toda esta producción converge en la fórmula conciliadora de Jorge Fernández Granados entre poesía pura y poesía social: “si aceptamos que la poesía puede ser una forma de conocimiento —y yo creo que lo es—, ese conocimiento parte necesariamente de la experiencia individual, y podría quedarse sólo allí si no alcanza a ser precisamente poesía, o sea, forma que comunica con palabras una experiencia subjetiva” (2005: 29). Si buscamos la “similitud de lo disimilar” (Samuel Gordon) para esta generación, creo que podríamos encontrarlo en el uso de diferentes Z-VEID-FMK técnicas de enmascaramiento de la experiencia subjetiva y anecdótica. Todos parten de su experiencia personal, pero logran superar el biografismo ingenuo por medio de recursos formales y temáticos variados. Quienes recurren a la tradición literaria, por ejemplo, lo hacen a partir de una lectura personal de su propio canon, acorde a su sensibilidad particular y con sus diferentes estrategias de lectura. En El órgano de la risa (2008), Heriberto Yépez (1974) presenta una propuesta que se origina en la tradición occidental literaria y filosófica (Homero, Kant, Cervantes, el ápeiron, la mónada, etc.) igual que en la mexicana antigua (la ceiba, el diábolo, el venado) y moderna (Durango, Salina Cruz, la televisión, las maquilas), pero cuyo destino principal consiste en fundar una identidad del mestizaje, de lo disimilar, por lo que puede afirmar: “yo no soy el lugar / donde ocurre mi identidad. Alguien hizo por mí / Estos trebejos / Yo sólo soy / el lugar donde suceden / las contradicciones” (55) y por lo que “El órgano de la risa desestructura” (17) y es “su pericia, el desacomodo” (15); en el fondo, no abandona el sesgo personalísimo, en conexión con su ensayística (“Canto del transmaíz”, por ejemplo, adelanta inquietudes que veremos en La increíble hazaña de ser mexicano de 2010). En , Luis Jorge Boone juega con el sampleo, la apropiación y la reinterpretación, pero las deudas no inundan las páginas del libro, sino que se dejan al final como una suerte de epílogo que obliga a anus leer de nuevo un material caracterizado precisamente por su originalidad expresiva (en la que, para ser sinceros, cuesta mucho trabajo advertir la presencia de otros autores); todo lo que era fresco y espontáneo, parece venir del reciclaje; en el fondo, propone una estética cifrada en una poética de la lectura individual que continúa, en cierto sentido, el proyecto de : “Leyendo así, como si se escribiera, / todo puede terminar dentro / del poema” (2012: 58). Hernán Bravo Varela (1979), en y en recupera una tradición literaria muy vasta con mesura, sin caer fácilmente en la pirueta verbal y atraído por imágenes esencialistas, con lecturas personales también, pero con el objetivo de conformar un imaginario poético sólido sobre el que se despliega su imaginación creadora. Ignacio Ruiz Pérez recurre a varios subterfugios literarios en para llegar a distintas epifanías personales: la máscara literaria (Blake, Coleridge, Pavese, Eliot, etc.) o la máscara recreada (el ciego anónimo de “La señal del cuervo” o el “Divagante” de “Navegaciones”, en algo recuerdo de “Simbad el varado” de Owen). Alí Calderón (1982) propone, en Imago prima, una actualización del epigrama de Catulo, con una musa en jeans ajustados a la cadera, un epigrama en verso libre y un estilo dominado por la mezcla desenfadada del estilo coloquial (“me carga la chingada”, “mala puta hora”, etc.) y una cuidadosa selección del registro culto que ya solo se encuentra en la página impresa (con catervas, protervos, ácimos); esta lectura personal se afina y se despliega en la tesis doctoral que presentó Calderón en 2012, El epigrama en la tradición lírica de México. Manuel Iris (1983) en parte de Catulo y de una asamblea amorosa de buenos lectores de Catulo a la que fueron convocados Bonifaz Nuño, Alí Chumacero y muchos otros, pero con resultados muy distintos, donde la ingeniosa puesta en abismo permite dotar al conjunto de una sinceridad afectiva que no se pierde en la búsqueda de efectos estilísticos.