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    2019-06-21

    Muy Ginkgolic Acid C15:1 pesar de que ambos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe citaban repetidamente el documento conclusivo de la reunión de la conferencia del celam en Puebla -que no la de Medellín—, la postura de Ratzinger evidenció el criterio hegemónico enunciado desde una perspectiva eurocéntrica, distante de la realidad latinoamericana. Otro cariz presentaba la realidad a los teólogos latinoamericanos que convivían cotidianamente con la violencia cruenta e impune, que redundó en una interpretación radical de estos documentos del magisterio de la Iglesia. De acuerdo con la acepción del historiador Arturo Colombo (19342016), el radicalismo puede ser entendido como un concepto útil para indicar una postura política guiada por “el preciso objetivo de abandonar toda hipótesis retardataria [sic] y toda táctica moderada para dar paso a un proceso de robusta (y por tanto ‘radical’) renovación en los diversos sectores de la vida civil y del ordenamiento político”. En este sentido, los teólogos de la liberación, en definitiva, desarrollaron un corpus de pensamiento radical. Aunque proporcionalmente fueron una minoría (nutrida en las zonas rurales y en los suburbios urbanos), hubo algunos teólogos que en su labor pastoral, es decir, de dirección espiritual entre los fieles, se ocuparon de la reflexión respecto al posible sentido teológico e histórico de la revolución; se plantearon la interrogante sobre “si las revoluciones formaban parte de un plan divino, encaminado a redimir las condiciones estructurales de pobreza y exclusión, tal como lo sugería la lectura bíblica del Éxodo y de los Evangelios, donde se daba cuenta de la obra revolucionaria del ‘Creador’ en beneficio de los oprimidos.” En esa senda, el antecedente celebérrimo del compromiso sacerdotal con la revolución armada se encuentra en el pensamiento religioso y político de Camilo Torres Restrepo (1929-1966), sacerdote colombiano quien experimentó una transmutación de su postura política como resultado de un proceso paulatino hacia la radicalización, coincidente con las vivencias de muchos otros miembros de las izquierdas armadas que transitaron hacia la clandestinidad tras el agotamiento de no pocas instancias de la legalidad estatal. Diez años antes de su incorporación al Ejército de Liberación Nacional (eln), ante la pregunta por la celeridad en la realización de la “revolución” sin el derramamiento de sangre, el colombiano respondía, “si [éste] implica odio de cualquier clase que sea, nunca lo podremos realizar”. La opción por la revolución, decía, depende de “circunstancias históricas muy determinadas”. En el culmen de su travesía rebelde, el sacerdote colombiano desplegó de manera decidida su distanciamiento de la ortodoxia clerical y asumió la profesión del pensamiento revolucionario como significante de un cambio fundamental en las estructuras económicas, sociales y políticas. El pueblo debía tener organización y armas iguales a RNA replicase las de la reacción, por lo menos, aseguraba. El hombre será juzgado de acuerdo a las acciones a favor de Cristo sufriente en el prójimo, por ende, si la transformación de las estructuras económicas, sociales y políticas redunda en el beneficio del prójimo, infería Torres, “[e]sto se llama revolución [...] para un cristiano es necesario ser revolucionario”. De tal manera, la violencia quedaba circunscrita a su índole de factor posibilitador de las transformaciones. En agosto de 1965, el “cura guerrillero” arengaba, Cuando el 7 de enero de 1966 el eln dio a conocer una proclama dirigida al pueblo colombiano, redactada con la crucial participación de Camilo Torres, la sorpresa por la incorporación de éste a la guerrilla y su posterior muerte temprana en combate, tan sólo 39 días después, trascendió como muestra de la congruencia al pasar de la teoría a la praxis. Este signo ejemplar, dice el estadounidense Phillip Berryman (1938), no se tradujo en la masiva incorporación de sacerdotes a las guerrillas, aunque sí contribuyó al proceso de radicalización de muchos otros quienes vieron sacudidas sus conciencias ante “la voluntad de Torres para llevar sus convicciones hasta las últimas consecuencias”. Así, el vigor crítico y militante del prócer colombiano fue pionero de muchos otros que sumarían su voz a esta corriente pastoral.